martes, 15 de julio de 2014

LAS PERSEIDAS SE DESPRENDEN EN VERANO (5)


No lo he dicho, aunque os lo podéis imaginar, unos días y un sitio tan apropiado como éste me ofrecen ratos espaciosos para la oración y la meditación tranquila, en la que saborear textos tan bellos como este de San Buenaventura en el oficio de lectura de hoy: “Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad, no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos”.

Pero no era de esto de lo que os quería hablar hoy, sino de que anoche , por fin, cumplimos con la tradición, tan ineludible en la costa andaluza como el abrazo al Santo en Santiago, de salir de cena de pescaitos por los bares y restaurantes de la costa.

Escogimos el paseo de la Cruz del Mar. Un lugar espléndido y abarrotado, como la plaza de mi ciudad cuando reparten perrunillas a los jubilados. Las mesas  de las terrazas se sitúan a una y otra parte del paseo, unas pegadas a la pared de la playa y las otras junto a la cristalera del bar o restaurante respectivo. En el medio se ha dejado un estrecho pasillo por el que transita ávida una multitud incesante de fisgones que te observan a ti y tu plato con la dignidad y la intransigencia de Samantha Vallejo-Nágera en MasterChef. Alguno anda más despistao y nos confunde con uno de los tenderetes de artesanos que se intercalan entre las terrazas:"Paisa ¿Cuánto por esa riñonera?” Aprovecho y le intento colar el puñetero reloj de los cinco euros de Sprinter que me está martirizando la piel, pero por cincuenta machacos le parece excesivo. Y hasta hay alguna criatura desmandada que mete la mano en nuestra bandeja para coger patatas fritas. Menos mal que está al quite el manotazo de la mama: ¡Quillo, caca¡”.  Vale, señora, no es caviar del Caspio, pero tampoco…

 Ya veis, ¡un ambiente de lo más íntimo y romántico!

Enseguida nos traen la carta del menú con funda en skay granate y letras doradas. En el interior cintas de colores y una fina caligrafía Brus script 24. Inútil esfuerzo porque yo ya tengo tomada mi decisión y ningún adorno me va a distraer de mi opción.

Y llega ese instante excelso en el que el solícito camarero te dice aquello de: “y el caballero ¿qué va a tomar?”. Decirme caballero, a mí que lo más que he cabalgado ha sido una mula cana, me suena a música celestial. Así que, transportado por el halago, me regodeo en la petición… “A mi me va a poner… (redoble de tambores)… una ensalada mixta y una tapa de sardinas”.

Oye y lo que más me asombra, acostumbrado a pedir y suplicar de rodillas la cuenta en los restaurantes de mi tierra media y ni así, es la rapidez del servicio por estos lares. Que no has metido la primera cuchara en la ensalada y ya te han colocao encima el plato con las dos sardinas.

Tan rápido, tan rápido que cuando nos quisimos dar cuenta estábamos con la tarrina del helado de turrón y fresa a la puerta de la heladería y dispuestos a la vuelta al hogar.

Mientras escribo ahora, en la placidez de esta noche de luna, sigo dando vueltas al por qué nuestro diligente camarero al descorchar la botella del moscatel en lugar de dárnosla a escanciar se pegó sin pensárselo dos largos y profundos lingotazos y, sobre todo, por qué puso aquella cara de haber mordido una guindilla de Padrón cuando descubrió en el estuche plateado, donde encierran el secreto insondable de la cuenta a pagar, nuestra espléndida propina de cincuenta céntimos.


lunes, 14 de julio de 2014

LAS PERSEIDAS SE DESPRENDEN EN VERANO (4)

La caprichosa pleamar me ha encajonado esta tarde entre la pared del paseo marítimo y una tribu de animados y felices gordos. Tres o cuatro familias, a más lustrosa cada una de ellas, en la que podías encontrar desde una chiquillada de rollizos alevines, material incomparable para los experimentos de mi sobrino Toño en su cruzada científica contra la obesidad infantil, hasta los más cuadrados ejemplares del hombretón andaluz.

Como el que no quiere la cosa, puse mis cautelosos ojos en tres mamás cuarentonas, escogidas del conjunto. Tan rellenas y redonditas  que me trajeron a la memoria los pulidos bombos de la lotería de la Navidad. Y casi me da un soponcio que acaba con años de tratamientos cardiovasculares, cuando en medio de tales imaginaciones, oigo detrás de mi una voz que grita “Y el premio está al caer”.  No, no era la telepatía que había tomado cuerpo, sino que pasaba el bullanguero vendedor de la once.

De las tres gracias rubenianas una lucía una cintura con un círculo tan amplio y perfecto que llegué al convencimiento de que era una de esas matrioskas rusas que albergan en su interior otras muchas muñecas semejantes pero más pequeñas.  Y a un tris estuve de agarrarla por la cabeza y empezar a desenroscarla. Me contuve por una razón humanitaria y psicológica que con bigote y unos 98 kilos de peso reposaba en la tumbona contigua.

En vista de que podía despedirme de ampliar la panorámica visual playera con estas moles en rededor, me dedique a contemplar en su ámbito natural la actividad del metabolismo, causante clandestino, dicen, del sobrepeso y la obesidad. Y lo cierto es que el metabolismo no paró en toda la tarde: metabolismo de chocolate, metabolismo de paté, metabolismo de tortilla… ¡Qué metabolismo no habría, que el carrito de los pasteles que deambula sin parar de un lado para otro de la playa, hizo estación penitencial en medio de nuestro corro durante más de media hora¡

Ya en casa, subiendo solo en el ascensor, me ocurrió algo que hacía tiempo no me sucedía y es que al mirar distraídamente al espejo de fondo me salió una exclamación sorprendida: Pero ¿quién es esté tío que está tan buenazo!.... Lástima que para celebrarlo me embuchara en la cena un tazón doble de arroz con leche.



LAS PERSEIDAS SE DESPRENDEN EN VERANO (3)

Mi habitación está tan en primera línea de playa que cuando sube la marea, como esta tarde, fantaseo con la idea delirante de estar viajando en el alcázar de un galeón. Es más, durante un tiempo llegue a creer, os lo aseguro con la aprensión aún en el cuerpo, que formaba parte de la tripulación del legendario ballenero Pequod en busca de Moby-Dick. Y es que a lo largo de varias noches tardé en conciliar el sueño soliviantado por unos raros golpeos como de una pierna inerte sobre la escotilla. Y  esos pasos, en mi imaginación novelera, no podían ser otros que los del tiránico y obsesivo capitán Ahab en uno alguno de sus inquietantes vagundeos nocturnos. Bueno, la cosa vino a menos cuando descubrí que mi vecino del 103 usaba bastones y un taca-taca.

Tampoco es que esté ayudando mucho en esto de entusiasmarme con lo de estar cerquita del mar el hecho de acabar de leer la crónica del Tsunami que en  6 de diciembre de 1755 se engulló en este mismo lugar y  de un solo trago a las barrancas del convento, a la iglesia, al convento y a los frailes que  tozudamente permanecieron en él con la piadosa idea de que en último instante la Virgen les enviaría algún tipo de chalecos salvavidas, sin percatarse, cándidas criaturas, que aún no se había inventado ni el nailon ni el plástico.
 
Yo en esto de la capacitación profesional de la Virgen como socorrista tengo mi propia teoría, fruto de la experiencia. Y es que por estas fechas de las fiestas del Carmen, hace unos años, participé en una procesión marinera en Adra. La cosa fue de maravilla mientras que el paseo se desarrollaba por las tranquilas aguas de la bahía de puerto seguido desde la dársena por cientos de personas. Pero he aquí que el patrón del barco tuvo el dudoso capricho de llevar la procesión a mar abierto para bendecir también aquellos campos salobles y su cosecha. Y  ya se sabe, donde hay capitán... Así que salimos a las aguas libres en una noche en la que más que calma chicha tocaba movida bien removida. De tal manera que al instante el pequeño navío festero se convirtió en el barco vikingo de la feria. Tan pronto los de proa estábamos tocando estrellas, como bajamos a ras de las aguas, temblando más que un flan de huevo en la bandeja de un camarero con parkinson. Yo, dentro de lo que el pánico me dejaba, buscaba con mirada suplicante la imagen sacudida de la Virgen. Y no sé por qué tuve la sensación de que más que tranquilidad lo que ella me ofreció fue cordura. Así que ni corto ni perezoso fui al jefe y le espeté en plan capellán de la expedición: vámonos a puerto que a esta Virgen no le hemos pagado horas ni servicios extras. Cuando pisé tierra firme tan superviviente y liberado me sentí que tuve que besar a la mujer del patrón para no ir haciéndolo con todos los amarraderos que encontraba a mi paso.


domingo, 13 de julio de 2014

LAS PERSEIDAS SE DESPRENDEN EN VERANO (2)

Ya me gustaría a mí que alguien me enseñara como marcar mi territorio en la playa sin tener que emular a los canes en eso de levantar la patita en el mástil de la primera sombrilla que se tercie. Llego tempranito y, a esa hora, en la arena hay menos público que en la despedida de soltero de Adán, así que coloco  mi austera y desolada silla plegable y encima una toalla de colores bien llamativos y divisables a larga distancia, que uno sabe de dónde parte pero no cómo se vuelve, y me largo con viento a favor a hacer mi recorrido matutino chapoteando despreocupado en el borde de ese lomo ondulado y  nervioso que es en Chipiona el Atlántico.
Pero a la vuelta, Picha, mi trono de acero inoxidable ha sido engullido por un bosque de setas de colores, confortables tumbonas, cientos de cacharros de plástico y obsequiosas neveras portátiles. A uno y otro lado, por delante y por detrás, allí están abrigándome y deleitándome con sus charlas familias enteras, yo diría más bien clanes por su  número. Y me dejo llevar: y ahora escucho a los de la derecha, que a lo visto, quillo, no están por que el primo les invite a su casa que ellos han venido a la playa y no a ver lo bien que tienen el  patio del apartamento y, los de delante, que vaya,  que esto ni es verano ni  es náaa… y salen las primeras cervezas, y los bocata de jamón en suaves emparedados de pan de molde.

Y mientras, según van decidiéndose a bajar a la orilla, en un rito que me produce una sugestión insuperable, se van engrasando mutuamente sus cuerpos con la crema protectora. Me he fijado que, quitando a los niños, es algo reservado rigurosamente a la pareja. Es la abuela o el abuelo el que esparce cuidadosamente la pasta lechosa sobre el dorso de su conyugue y  así también lo hacen la pareja de novios. Y, entonces, me he puesto bíblico y  me he dicho: claro aquí está la explicación de por qué yo no consigo el moreno integral.  Por mucho que me contorsione no hay forma de que el unte llegue al envoltorio de las costillas superiores, de las que a lo visto salio Eva. Y claro, los del celibato ni tocar ni ser tocado por la “costilla”. Así que, cuando veáis en la playa o en la piscina a un paisano con la espalda más roja y picante que un pimiento de Mesillas no lo dudéis, es de mi gremio.

miércoles, 9 de julio de 2014

LAS PERSEIDAS SE DESPRENDEN EN VERANO (I)



Mi verano empieza cuando voy depositando sin orden ni concierto los bártulos del campamento en el capó del coche. No el 21 de junio, que es cuando dice el calendario astronómico, sino cuando dejo arriba, en el piso de mi casa, las persianas echadas, los electrodomésticos desenchufados y las tareas y cargos eclesiásticos bien dobladitos en el segundo cajón de la  mesa de despacho.

Es arrancar el Ford y sentirme feliz, intrigado por las sorpresas que con seguridad me depararán estos meses  y, sobre todo, libre. Libre y nostálgico como se siente el actor al terminar la función de noche y saber que vuelve a ser el mismo, tan distinto del que el espectador ha admirado y contemplado. Si me gusta el verano es porque me devuelve a lo mejor de mí mismo. Aquel que se acepta sin maquillajes ni componendas, que sale a la intemperie y se deja zarandear por el atrevimiento de los jóvenes y la simplicidad  y la sinceridad de los niños. Aquel que se sumerge embelesado en el anonimato de la masa desinhibida y gozosa de la playa.



Y es justamente ahí, en esos días en los que me recupero a mi mismo, cuando paradójicamente me siento mucho más y ¿por qué no? mejor cura. Ya que viviendo de esa manera me vuelvo a reencontrar y me reafirmo en aquel amor primero con el que me decidí a seguir a Jesús  ya hace varias décadas, sin  darle importancia al atrezo y el escenario sacral, sin reverencias y credenciales crelicales, oferente de esa hostia total de la creación que tan sobrecogedora y místicamente describe Teilhar de Chardin en su Misa sobre el Mundo, convencido que no hay templo mejor que el Universo, ni feligresía más apta que la humanidad, ni rito más vivo y agradable a Dios que la propia existencia con sus gozos y las esperanzas, tristezas y angustias. No lo digo yo, se lo dijo en confidencia de verano, a la sombra y junto a un pozo, Jesús a la Samaritana: “A mi Padre se le adora en espíritu y verdad”.

viernes, 13 de junio de 2014

LA MONARQUÍA SE NOS HA VUELTO LAICA.


Para sorpresa mía una inmensa mayoría de los católicos de este país hemos acogido con normalidad y hasta con satisfacción el hecho de que la proclamación del rey Felipe VI, a diferencia de la de su padre, se haga sin actos ni símbolos religiosos.

Los motivos pueden ser muy distintos, pero todos coincidimos en que ya no vale el mantener la presencia monopolizadora de lo religioso católico por razones históricas patrias, identificadas siempre con  lo cristiano, o por ese artificio estadístico de que los católicos somos la confesión religiosa mayoritaria. Cosa bastante discutible para cualquier observador atento de la situación de esas masas que se manifiestan católicas, ya que verá que ese "ser católico" es más que nada una expresión nostálgica de un “pertenencia cultural”, una pertenencia sin creencia y con una nula identificación con la Iglesia.

Va siendo hora de que los actos religiosos se vivan desde la fe, personal o colectiva y no desde las apariencias de fe vinculadas a intereses políticos y culturales. A  mi, como creyente en Cristo, me desconcierta ver a políticos no creyentes en una celebración eucarística, por ejemplo con motivo de los llamados funerales de estado o de las fiestas patronales, y, para mayor oprobio, ocupando un lugar de honor y hasta ser incensados con solemnidad pontifical.

Jesús nos dijo: “no echéis vuestra perlas delante de los puercos” (ojo, tomarlo metafóricamente)  y los primeros cristianos practicaban la “ley del arcano”, ocultando los sacramentos a la mirada de quienes eran incapaces de venerarlos. Me gustaría que los cristianos actuales cuidáramos más no solo la protección de datos, sino también de la del misterio. 





domingo, 8 de junio de 2014

LA MURALLA DE PLASENCIA DECLARADA BIEN DE INTERÉS CULTURAL.

Pero ¿Qué se pensaban esos señores estirados de la Unesco? ¿Que la cosa se iba a quedar así: sin patrimonio ni humanidad? ¡Qué poco nos conocen! A ver si vamos a tener la novena maravilla del mundo sin sacarle el jugo. Que ellos por inquina cochina nos niegan aquel título rimbombante, pues mira por dónde nos ha venido del cielo la declaración de bien de interés cultural para nuestra muralla. Sólo ha sido necesario colocarla de callejón de toriles y ya sabemos que nuestro congreso legisla que «la tauromaquia forma parte del patrimonio cultural digno de protección en todo el territorio nacional». ¡Qué envidia le va a dar a su hermana de Ávila, que jamás se le podría ocurrir una idea tan pintoresca! Hombre, lo que no acabo de entender es por qué no han colgao otro de estos afiches taurinos en la portada de la catedral. ¡En Plasencia somos la leche!